Son muchas las definiciones que podemos encontrar de la Inversión Socialmente Responsable, pero a mí una que me gusta, por sencilla, es la que hace el Foro de Inversión Social: se trata, dice, de la integración de valores personales y preocupaciones sociales en las decisiones económicas.
Pero esto no es nada nuevo, si repasamos la historia, podemos ver cómo ya las leyes judías tenían numerosa normativa sobre la manera de invertir según los principios éticos, y siguiendo con la historia encontramos cómo el fundador del movimiento metodista, John Wesley, hacía hincapié en el hecho de que el empleo del dinero era el segundo tema más importante de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Instalados en América del Norte, los quakers se negaban a invertir
en los sectores del armamento y de la esclavitud. Los anabaptistas se aseguraban de no invertir en alcohol y tabaco. Y ya en 1928, el Pioneer Fund de Boston proponía a los particulares y a las Iglesias inversiones que excluían todo lo referente al alcohol, el tabaco, la pornografía y los casinos.
Es en la década de los sesenta cuando se empieza a hablar de inversión ética, y que va más allá del estricto puritanismo, hay dos hechos que son clave: el apartheid de Sudáfrica y la guerra de Vietnam. Las industrias armamentistas prosperan, y los movimientos antiguerra de las universidades americanas hacen campaña para que éstas se deshagan de las acciones que tienen en las empresas que producen el napalm, las armas o la electrónica militar.

De estos movimientos de protesta nació la idea de la Inversión Socialmente Responsable: los inversores votaban y elegían a las empresas en las que querían invertir. Efectivamente los motivos de exclusión han variado, y no son homogéneos en todos los países. Mientras que en Estados Unidos la industria tabaquera es penalizada al 100%, en el Reino Unido y otros países europeos se penaliza la fabricación de armas o las pruebas con animales.

La evolución que ha tenido la Inversión Socialmente Responsable ha llevado a incluir no solo actividades excluidas sino, y lo que creo más importante, empresas modélicas, buscando premiar a las organizaciones que adoptan una serie de buenas prácticas, no solo en su gestión financiera, sino en prácticas medioambientales y sociales, estamos hablando de una eficaz gestión de la prevención de riesgos laborales, de incluir en su política estratégica la igualdad de oportunidades, de buscar la sostenibilidad en el medio rural, buscando siempre el respeto y cumplimiento de los derechos humanos y laborales.
Premiando a las empresas innovadoras que busquen reducir el impacto medioambiental al mínimo, o que basen su crecimiento en la transparencia de su gestión. Además, en este momento existe lo que se ha denominado activismo accionarial, en este caso los inversores, ejercen su derecho a voto e intentan cooperar y o presionar, según los casos, para que la empresa adopte una postura clara (me llamó la atención cuando leí cómo un consejo de administración solicitó, al consejero delegado de la compañía farmacéutica GlaxoSmithKline, una revisión urgente de los programas humanitarios
de la empresa acerca del acceso a los medicamentos contra el sida en los países en desarrollo. Glaxo respondió reduciendo un 47% el precio de sus fármacos contra el sida).

Decir por último, que creo firmemente que un fondo socialmente responsable persigue múltiples objetivos, de rentabilidad y riesgo, pero también éticos. Son ya muchos los consumidores que compran o no compran por razones políticas, medioambientales o éticas, y la imagen que proyecta la empresa o la organización, tanto hacia el exterior como con sus trabajadores y proveedores, es extremadamente importante. No entender esto es retroceder en el tiempo, y no crecer.

Invertir de manera responsable, es sin duda, apostar por la sociedad, por la ciudadanía, y por tanto por las empresas. Se trata en definitiva de mejorar las condiciones de tod@s.

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María Jesús Lorente

Presidenta ARAME